Justice Yeldham en el Teatro Diplo











Coño, eso duele...Justice Yeldham en el TEATRO DIPLO
Viernes, 15 de febrero de 2008
Avenida Ponce de Leon # 1008,
Río Piedras


*fotos cortesía de Jorge Castro y W&N

El Diplo es la cosa más extraña que se halla visto, apretado incomodamente entre graffiti, basura y librerias sin cohesion arquitectónica. El teatro es una especie de marquesina largísima que cobija sorpresivamente, luego de uno maniobrar por una especie de laberinto de escaleras y cuartos sin función alguna, un escenario con gradas parecidas a la sala más pequeña del cine Fine Arts en Miramar.

Justice Yeldham & the Dynamic Ribbon Device es el alías de Lucas Albela, un reconocido artista Noise de Australia que llegó a la isla gracias a la iniciativa de Jorge Castro, quien una vez más le demuestra a nuestros grandes museos que se puede hacer mucha cultura con muy poco dinero.

El set comienza de forma sencilla: Yeldham entra a la tarima oscura sin decoraciones, descalzo, vistiendo camisa amarilla, un set de pedales atados en su cintura y una plancha grande de cristal de forma triangular con un pequeño microfono que amplifica el sonido.

Como todo buen artista del Noise el volumen es de impacto bestial, amplificado al punto de dolor. Yeldham parece ser un temerario atacando con su boca la plancha de cristal, soplando fuertemente sobre la misma con modulaciones, vibraciones y gritos que chocan con el objeto mismo. A veces Yeldham desplaza su lengua y labios sobre el filo, apretando, mordiendo, arrodillandose de forma dramática sobre el escenario y rompiendo el cristal con su frente. No seria exagerado comparar los sonidos producidos por este roce con los de un disco de pasta derritiendose. Otros son tan sofisticados como burbujas, notas de piano y defectos en objetos eléctricos.

A pesar de lo “hardcorosa” que suena la acción, cuando digo que parece ser temerario es porque la forma en que acomete el instrumento no es realmente impulsiva. No es la primera vez que Yeldham trabaja con el cristal, (ya son más de 5 años), en los cuales ha ensayado y refinado su práctica.

Obviamente el artista toma prestado del grupo de los Viennise Aktionists de los ’70 y el teatro del absurdo de Paul MacCarthy, donde predominan la sangre, el sexo, lo asqueroso, la acción, el espectáculo y la utización de elementos ordinarios para fines artísticos. Lo que no es tan fácil de detectar en su trabajo es la sexualidad, ya que el desnudo ni el coito es explícito. A menos que consideremos su lengua, visible siempre al público a través del cristal, un organo exitado ante la mirada incrédula del espectador.

Lo que impresiona es como gran parte del acto se basa en el proceso de resistencia, no solo de parte del artista sino del espectador. Uno debe asumir una posición activa y casi misericordiosa al preocuparse porque Yeldham no se hiera de gravedad o se desangre. A la vez nos precupamos por nuestra salud al encontrarnos tan cercanos a un posible contacto con la sangre y otros fluidos del artista.

Yeldham produce una banda sonora hipnotizante acompañada de sangre, saliva, sudor y olor a cobre. Elementos que utiliza para establecer, en poco tiempo, una relación amorosa y la vez abusiva con su instrumento. Exitosamente Yeldham logra incomodarnos y darnos cuerda suficiente como para no ahorcarnos en nuestra repulsa, y así regresemos la mirada al escenario y nos atrevamos a observar su intimidad.

Pedro Vélez