El MAC no es un Museo, es un Centro Cultural




Lo que se sigue negando hacer la prensa mainstream... lo hacen los blogs y Karla Ostolaza en Fractal...aprieta el enlace para leer este landmark de nuestra prensa cultural : 





La reacción de Alex Trujillo,  colaborador del Box y responsable por descubrir mucha de la información de adentro del gobierno sobre el MAC,  es la siguiente:




¿Qué diferencia hay entre el MAC y el Museo de las Américas?  




Ambas instituciones  alquilan sus salas para exhibiciones pero bajo nombre de "museo". Es hora de empezar a llamarlos por lo que son: Centros Culturales. Los Centros Culturales se prestan y se alquilan para diversas actividades de la comunidad--ya sea la comunidad artistica, la comunidad empresarial, la comunidad universitaria, etc.  Los Centros Culturales son administrados por un personal minimo: Director, Secretaria, Cuerpos de Voluntarios, Guardias de Seguridad y Conserjes de Limpieza. De ahora en adelante a llamar las cosas debidamente:  el CCAC (Centro Cultural de Arte Contemporáneo).  El "museo" de las Américas sería el CCA (Centro Cultural Las Américas). 



Bajo esta nueva clasificación Lilliana Ramos Collado (la "curadora" experta en asuntos literarios) formaría parte del Cuerpo de Voluntarios del CCAC. Así nos evitamos todo tipo de conflicto, malos entendidos y botaera de fondos públicos. No es nada peyorativo ser un buen Centro Cultural al servicio de la comunidad.


Supratemática en La 15 Curatorial Space

odd mix : Rum piraguas at La 15



Myritza Castillo

Kristene Serviá



SUPRATEMÁTICA 
LA 15 Curatorial Space
jueves 5 de noviembre

According to the press release “SUPRATEMATICA explores ludic concepts in consumerism, information, encoder-decoder, the end of a story and even gets to deny postmodern discourses.” Fortunately, this random mix match of ideas were nowhere to be found physically or conceptually in the exhibition. As a whole, the concept was so randomly related that you couldn’t help but wonder if it was an excerpt from a different exhibition altogether. Another problem was the absence of titles.

Works by two noticeably distant generations of women artists where shown across each other: Inés Aponte and Dhara Rivera (representing the 80's) and Kristine Serviá and Myritza Castillo (stepping up to the plate as the fresh contingent). This offering illustrated an obvious rift between what's considered to be an established and an emerging artist, and for all the pretentiousness found in press release, this alone could’ve worked quite well as a characterization of the show. 

Dhara Rivera

Inés Aponte presented a series of small drawings on patterned paper from which an equal number of animated sequences were shown on a looping DVD player. The framed works exhume that typical aura contained in artifacts made by mature artists--her particular aesthetic exerting the powerful pull of experience on the observer. A whimsical museological display by Dhara Rivera was a pleasant surprise. Made up of tiny animal body parts, carefully colored through intricately weaved red coverings, and are displayed under a glass top.  Six framed black and white photographs of different specimens complete the installation. Rivera’s ensemble echoed the usual neurotic ordering of taxonomic language.


Kristine Serviá’s squared illustration of an urban landscape (on drafting paper) was successful in terms of atmosphere and depth, but hardly impressive given the vibrant, unavoidable and graphically masterful graffiti scenes and lineal clusters we have become accustomed to seeing in urban San Juan. Recent public murals by NEPO, ISMO and SON have indisputably influenced many in the scene. On a smaller scale Servia suggest a life-size installation of sorts—with the hum and peeking-through-power-lights of machines in a dark computer lab—set to a dark ambient soundtrack. Other symbolic geometric components that look like boxes, packaging material, empty billboards, empty booklets and a tangled web of cables, deal gracefully with incompleteness-- ambiguously located between accident and intention. 


Rounding up the exhibition was Myritza Castillo’s interactive "typewriter and paper" installation. Here visitors could write their own narrative on a long roll of tracing paper, each participant collaborating with the artist in what appears to be a work in progress. I was more interested in experiencing this vintage machine in full aesthetic function, an action that proved a bit clumsy, especially for our keyboard generation. For those not wanting to be involved  in the performative configuration, three nice and delicate watercolors of the typewriter were a welcomed alternative.

by Javier Román: artist, architect and editor of Entorno
photos courtesy of Edwin Medina and La 15

Silvya Villafañe quiere educar a tus hijos con el arte...

y fondos Federales...Gracias Fortuño, J-Glo!



"... She has a more ambitious plan: to create an art educational program in all schools ” 
said Sylvia Villafañe.

Page 29:  Live & Life Magazine 





In  2002 Victor Fajardo,  former Secretary of the Department of Education, was found guilty of stealing federal funds to finance political campaigns. He's doing 12 years. The Department of Education is the most corrupt branch of Government in Puerto Rico.

Customer Service por Thurdmon Capote












especial para el Box
Customer Service
Hace unos días recibí una llamada donde me ofrecían un sistema de internet inalámbrico. De acuerdo al vendedor, este sistema funcionaba mucho más rápido que el presente. El vendedor me dijo que con sólo enchufarlo, el aparato funcionaría y que tendría catorce días de prueba para decidir si finalmente aceptaba el servicio. Con cierta rehunencia lo acepté, aunque el precio me pareció una ganga. A los pocos días recibí una caja que contenía el nuevo artefacto, pero para mi sorpresa las instrucciones me parecían inentendibles, tanto en inglés como en español y las ilustraciones del manual no concordaban con el aparato que tenía en mis manos. Llamé al “Customer Service” y después de oprimir varios botones donde me ponían varias grabaciones publicitarias “i-li-mi-tadasssss”, me contestó una chica con acento sudamericano. Luego de explicarle mi situación, ella me dijo que simplemente enchufara el cablecito que parecía un cable de teléfono color negro al costado de la caja. Busqué por todos los costados de la caja y no había enchufe alguno. Se lo dije:

-“Señorita, perdone, pero la caja, el modem que ustedes me enviaron, no tiene enchufe alguno por ningún lado.”

-“Señor, déle tres vueltas más y mírelo bien. El enchufe se parece a un enchufe como el de su nevera. Tienes que estar ahí.”

Le di las tres vueltas, lo miré por debajo y después por encima y le dije:

-“Señorita, le he dado las tres vueltas y además lo miré bien visto por debajo y por encima y le digo, no hay enchufe alguno.”

-“Señor, mírelo otra vez. ¿Lo está examinando bien?”

-“Sí...”

-“¿Lo vé...?”

¡Click! Tuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu. La conexión se fue. Volví y marqué el número del “Customer Service” y volví a escuchar las mismas grabaciones “i-li-mi-tadasssss” y una música de un guitarreo en overdose de los Gypsi Kings, para luego contestarme un hombre con un acento a lo mexicano.
-“¿En que le puedo ayudar?”

Volví a explicar mi problema y el hombre me dijo:

-“¡Híjole! Hay un dispositivo en la parte posterior del modem. Observe y por favor, muévalo hacia la derecha.”

Encontré el dispositivo y lo moví hacia la derecha como el caballero me dijo. Luego prosiguió:

-“¿Señor, ve usted si las luces del “Power” y del “Connect” están parpadeando y si lo están, dígame de qué color son?”

-“Pues... son color...”

¡Click! Tuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu. Otra vez, la conexión desapareció. Ya, un poco encabritado... perdón, debo decir: encojonado. Volví a llamar a “Customer Service” y salieron las mismas grabaciones de costumbre, “i-li-mi-tadasssss” y una horrible música de Calle 13 donde hablaba de culos y bichos y dale por atrás, para luego contestarme una voz de joven dominicano.

-“Buenas tardes. ¿En que le puedo ayudar?”

Volví, ya algo cansado a explicarle mi tribulación técnica y el técnico me dijo que esperara unos minutos en lo que el verificaba mi geografía para averiguar si había señal de satélite en mi posición longitudinal. Mientras esperaba, me pusieron una ópereta de Andrea Bocheti, que ya me estaba reventando los nervios, hasta que al fin:

-“Señor. Gracias por esperar. Sucede que en el lugar geográfico en donde usted se ubica, lamentablemente, no hay receptividad.”

-“Gracias compañero”, le dije y añadí: “... y que viva la República.”

A lo que el técnico me contestó:

-“¿República? ¿Qué república?”

Y le contesté:

-“No, nada. Ninguna. Gracias por ayudarme.”

Enganché y seguía algo molesto con la maldita caja, con los Gipsy Kings, Calle 13 y el jodido ciego. Enpaqué todo el aparato, cables y gomitas, manual y etc., asegurándome que todo estaba en orden. En el camino hacia la tienda en el Mall la carretera estaba ataponada de tránsito. Al llegar al estacionamiento me percaté de que había tardado cincuenta minutos en un viaje que de otra manera me hubiése tardado quince minutos, a lo máximo. Ya, adentro del negocio del cable noté que todos los empleados eran jóvenes, bien parecidos, tanto las hembras como los machos y todos vestían el mismo uniforme, camisa azul y pantalones negros, bien ajustados y ceñidos, como modelos de ropa. En el counter de Información y luego de dar todos mis datos y explicar el porqué deseaba entregar la caja y no aceptar el servicio, me enviaron a sentarme y esperar. Apenas habían clientes y estaba yo solo en ese momento cuando advertí, en una pantalla tipo plasma, que estaban dando un concierto de Michael Jackson, el mismo que habían enterrado tres días atrás luego de haber estado su cuerpo congelado por un mes y una semana por razones que ni me importaban. Pensé en la pedofilia y en la desgracia de alguien que había siempre querido ser blanco, cuando nació negro. Bueno, mi atención diambulaba entre los biricuetos del de gloved one y los empleados, que como hormiguitas, caminaban de aquí allá como simulando estar ocupados en cosas o cositas importantes. Conté los cubículos y eran ocho, con ocho computadoras para atender a los clientes, pero sólo había uno atendiendo a una familia que lucía preocupada argumentando algo. Volví mi atención a la pantalla y allí estaba el “uniguanteado” cuando éste se desaparecio por debajo de una manta que le tendieron los bailarines y luego apareció trepado en una torre mecánica y rodeado de humo artificial. El “uniguanteado” gritaba y gritaba mientras se arrancaba la camiseta y los niños, abajo, se destrozaban de llanto. Pensé en un político nuestro que hacía lo mismo pero en lugar de pegar chillidos de loca descocada, clamaba ser Dios, Cristo, Ghandi y Luther King, diciendo que él era de tó’ mesclao, como el arroz con ... espaguetis. Los empleados bien ceñidos seguían caminando y apresuradamente parecían felices en sus labores, cuando en la pantalla el “uniguanteado” bajó de la torre en un aparente paracaidas y comenzó a dar pasos a lo “moon walk” y a dar volteretas como un trompo imparable que parecía iba a salir volando o a cavar un hoyo en medio del entarimado. Pero nada. Oigo un coro a mis espaldas y cuando me viro eran cuatro empleados que hacían el “moon walk” al unísono, a la vez, que cantaban: “Beat it, beat it, just take the wacamole and beat it, it!”, o algo por el estilo. Reían a carcajadas y luego de dar un brinquito se chocaban las manos a la manera del baloncelista Carlitos Arroyo cuando brincando tiraba y encestaba desde el área de tres puntos. “¡Seriedad en el trabajo, por favor!”, pensé, pero cuando volví mi vista noté, a través del cristal de una oficina, que el gerente estaba manoseándole los senos a una empleada mientras a la vez hablaba por celular. Me vinieron a la mente aquellos versos de Palés Matos: “¡Piedad, Señor, piedad para mi pobre pueblo donde mi pobre gente se morirá de nada!” No hay remedio. Sentí la hiel agolpárse en mi boca y mientras aquel seguía manoseando y el otro continuaba con los chillidos en la pantalla me levanté como impulsado involuntariamente y casi me arroje frente a la cara de uno de los que acababa de bailar, explicando por quinta vez mi caso. El tipo me miró con expresión de extrañez y me volvió a repetir lo que la del counter me había dicho hacía treinta minutos atrás. Volví a sentarme. La de los senos manoseado salía alegre de la oficina y el tipejo del celular chocó su vista con la mía, la que rapidamente revolví sin casi percatarme. Por fin, el único empleado que atendía a la clientela llamó mi nombre por el altoparlante. Me senté y por sexta vez conté mi historia. El tipo, sin contestarme, comenzó a dar en el teclado haciendo gala de su conocimiento en los haberes y luego me extendió su teléfono para que hablara con otro ¿representante?, ¿bailarín?, ¿mancebo manoseador?, ¿reina de belleza?, ¿modelo de magacín? Pero esta vez la comunicación no se cortó. Lo que se cortó fue el entendimiento. Pueblo de idiotas, compuesto por idiotas. Al fin di de baja el servicio, mientras Michael Jackson caía de bruces sobre el piso y su naríz artificial salía volando perdiéndose entre la llorona fanaticada. Al mes me llegó una cuenta de ciento nueve dólares.

-“¿Customer Service?”

-“Jalouuuu ...”

-¡Click! Tuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu ...”


Por Thurdmon Capote 2009