'pa echarmelas...en el blog de Art 21

Art21

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Hot Topic is not Punk Rock!
June 6th, 2008 by Marc Mayer



Reading Ben Street’s recent post Pop (and) Art, I started to consider links between music and art. It is easy to support Ben’s idea that the relationship between music and art was closest in the sixties, yet the music of the 60’s and 70’s seems to be a hot topic for contemporary art institutions today. Case in point, right now Malcolm McLaren is guest blogging about ArtBasel for “The Moment” on The New York Times. While art might not be comfortable with pop music, some curators are excited to draw on the nostalgia for rock and punk music of those bygone days.

Over the last year, there has been a wave of exhibitions that point to rock and punk music as inspiration for many artists’ practices. Double Album: Daniel Guzmán and Steven Shearer, currently on view at the New Museum, cites rock culture and male adolescence as strong influences on both artists. Music is a Better Noise, exhibited at PS1, looked at genre jumpers, “musicians who make art and artists who make music.” Panic Attack! Art in the Punk Years explored the “vibrant art scene that emerged during these [punk] years,” at the Barbican; it included works by Art21 artists Barbara Kruger (Season 1), Raymond Pettibon (Season 2), and Jenny Holzer (Season 4).

It is Sympathy for the Devil: Art and Rock and Roll Since 1967 that seems to be receiving the most press and perhaps the most scorn. The exhibition features work by Raymond Pettibon (Season 2), Mike Kelley (Season 3), and Laurie Anderson (Season 1) is currently on view at the Museum of Contemporary Art, North Miami. Sympathy for the Devil is described as “the most serious and comprehensive look at the intimate and inspired relationship between the visual arts and rock-and-roll culture to date.” This assertion is troubling considering omissions of influential musicians like George Clinton & Parliament Funkadelic, Sun Ra, and Bad Brains which makes me wonder, would rock-and-culture exist without black culture?


Considering this trend of rock and punk influenced exhibitions, I am left with a question posed by critic Pedro Velez in his artnet review of Sympathy for the Devil, “How do you tame counterculture into the prepackaged pretext of High Art?” Responses welcomed.

Eduardo Alegría / Karen Langevin en Yerbabruja






Karen Langevin
QUEHACER ( ¿ ? )
 y

Eduardo Alegría 
PSICOFONIA
-work in progress-

junio 13-15 
Teatro Estudio YERBABRUJA
Rio Piedras

por Pedro Vélez

fotos cortesía de Nestor Rivera

No es fácil tirarse la maroma de pagar taquilla para entrar a un teatro en estos días. Aunque la escena de la música y el arte es tan variada y accesible como cualquier metrópoli, en el caso del teatro sufrimos de una sequía creativa que parece no tener fin. Estamos hartos de ver lo mismo y a los mismos. Hartos de obras de caricaturas flacas representando a la condición humana, actores compitiendo en escena, sin consideración al libreto ni el concepto de la obra, por caracajadas de una audiencia aburrida. No queremos ver más obras de pegaera de cuernos, dramas de violencia contra la mujer, monólogos de prostitutas sufriendo y disfrutando la vida acompañadas por clichosos personajes de homosexuales enfermos creados como "comic relief." Estamos  hartos de justificaciones cobardes al final de cada obra, por todo lo gratuito y chabacano visto en escena, con un mensaje redentor positivo o una enseñanza como se hace en las iglesias. No queremos más refritos de obras secundarias de autores americanos, obras de personajes ilustres, metáforas de identitdad cultural y amor patrio. Queremos que dejen de espetarnos a
Lidya Echevarria, la doña no es una leyenda sino una criminal y embustera. Estamos hartos de las porquerias que nos tira el Ateneo bajo el pretexto de "teatro experimental" con los mismos cinco actores gastados y un director y escritor que lo produce todo-ni que fuera Orson Welles. Lo que ellos llaman experimental no es radical ni contemporáneo, lo que ellos consideran experimental es la gritar "coño, carajo, orgía!" bajo luces ténues y un budget limitado. 

Lo que agravia esta sequía es que no se puede confiar en la nueva generación ya que estudia con Dean Zayas, quien es una caricatura en si del Teatro en la isla. Les recomiendo vean el programa Estudio Actoral, (Inside de Actor's Studio), en el canal 6 porque es una joya- y no lo digo como piropo.

Es por eso que fue de gran satisfación pagar por ver algo con sentido en el estudio/teatro Yerbabruja. Mucho de lo que vi nos recuerda el tipo de performance multimedia popular y confesionario de los '80 en la obra de Laurie Anderson, David Byrne, Ping Chong Joan Jonas

En una de piezas Langevin baila e improvisa pantomimas frenéticas frente a una proyección de video de carritos de compra atravesando pasillos de un supermercado, tratando de enfatizar el rol estereotipado de una ama de casa y el consumerismo desenfrenado. De la misma forma que Conan 'O Brien utiliza esta técnica como un elemento absurdo para lograr carcajadas en su programa nocturno. 

Muchos de los movimientos corporales de  Karen Langevin y Eduardo Alegría son clichosos y comunes pero esto lo digo sin una connotación negativa, ya que en la comedia intrínsica de ambos actos, el ver sus manos aleteando  frente a sus caras, (como lo hace Walter Mercado), y la repeteción constante de brincos poco estilizados de un lado del escenario al otro, (como bailarines amateurs en Xpresarte), enmarcan de una forma sarcástica la expresión corporal.

La pieza de Langevin funciona como una narrativa lineal que comprende el transcurso de un día, desde la perspectiva de la monotonía social de una ama de casa la cual tiene momentos explosivos de lucidez y libertad restringidos por tareas domésticas. El primer acto empieza con la figura de la artista agustiada arrastrandose sobre el piso, luchando contra el sonido de la campanilla de un reloj despertador y la fuerza de gravedad. En su incursión más efectiva la artista se balancea y se contorsiona eficazmente dentro y encima de una canasta de plástico, la cual se convierte es su pareja de baile sincronizado, mientras la máquina de lavar, de la cual solo escuchamos su sonido, termina su ciclo. 

Eduardo  Alegría, cantante de la banda Superaquello, desarrollo su monólogo mientras se recuperaba de un accidente donde sufrió fracturas en la pierna izquierda y la quijada y por el que estuvo incapacitado por tres meses.

A diferencia de Langevin, que utiliza su cuerpo como carnada y herramienta de trabajo, Alegría modula su voz y entonación con maestria para presentarnos una mirada introspectiva, a veces incomodamente íntima sobre su convalencenia en la casa de sus padres y su encuentro frustrado con una sociedad isleña, predominantemente cristiana, que pretende explicar un evento traumático como intervención divina o castigo. 

El artista también trabaja convincentemente un híbrido exitoso de stand -up comedy, performance, escultura, improv y teatro draga. Vestido de negro, maquillado con un moretón en su cara y con un graciso yeso abultado de foam en su pierna que lo hace parecer inocentemente vulnerable. Gran parte de su intervención Alegría la pasa hablando directamente al público sentado en una silla "makeshift" eléctrica roja y con ruedas. 

Alegría es como una especie de Tracey Ullman, George CarlinNelson Rivera, (inclusive tiene influencias de Monthy Python), donde la melancolia, la tragedia y la comedia se mezclan de forma bien tacky y sentimental. En una de las  historias que cuenta el artista, y que sirve de metáfora a la temporareidad de la vida,  explica como cuando niño atrapaba pajaritos en una jaula en el patio de la casa de sus padres. El proceso es contado en detalle con sus manos, gestos y cuerpo. Eventualmente la historia lleva al artista a postrarse en el piso y cubrirse con una sábana blanca. De esta acción el artista canta con muecas y manerismos sobre la pista de una canción de Barbara Streisand, como mirándose en un espejo y actuando. Acto seguido a los aplausos del público Alegría invita al todos, hombre straight o gay, y al público en general a hacer lo mismo por su calidad catártica. Con esta acción el artista no reafirma su sexualidad ni trata, como tradicionalmente se hace en el teatro Boricua, de estregársela al público en la cara. Lo que Alegría logra es lo contrario, presentarse sin complejos como un artista y no una caricatura. Y sin etiqueta alguna de lo que es considerado teatro gay o straight, mateniendo al público cautivo en todo momento, lo que demuestra que es un gran "performero."  

El final de su intervención es dramático porque Alegría recrea metaforicamente una noche de desvelo y de angustia en la cual, con su quijada amarrada, (la boca cerrada), trata infructuosamente de pedir auxilio a sus padres a viva voz. Aquí Alegría tiene que recurrir a hacer sonidos con objetos sacados de un baúl, de recuerdos seguramente, enre los cuales se encuentran una maraquita y un cencerro, con los cuales logra una especie de cacophoniía sonora, ó psicofonía improvisada, de regresión infantil. Una gran escena de lo que es estar de vuelta en casa para ser mantenido ante la impotencia.