Mario Alegre y el copy-paste en el Huevo Día (sorpresa?!)



Hoy la Comay tiró al medio a Mario Alegre Barrios porque su artículo investigativo, (ooops perdón), por razón de un artículo al que Alegre le hizo copy - paste de la revista Times que investiga el rol de la medicación en la Milicia, fue publicado como suyo en la edición del domingo. 


Y tanto que se enfatiza esto en la Universidad. Mario, Mario...que mal. Sagrado!!!! Qué esta pasando?

Alegre, en realidad el Nuevo Día, no le da el credito a la revista Times ni al principio ni al final del artículo, solo en dos párrafos y de la forma más solapada. Lo más seguro es un error de edición, pero Alegre ni tan siquiera, ya que se tomo la libertad de traducir y acomodar libremente las oraciones, entrevista a un soldado o general de aquí, tu sabes, por eso de "trabajar." Digo, para eso es prensa. 

La gente del arte, que también compra periódicos, se quejo por años y años pero nunca se les tomo en serio. Hoy, aunque suene fuerte, felicitamos a la Comay por su atinada observación y regaño.

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Píldoras para “la otra guerra.
Se dispara el consumo de antidepresivos entre los soldados en Oriente Medio.

“No hay una píldora mágica que borre la imagen de un amigo despedazado o que alivie el sentimiento de culpa por haber cambiado ese día con él la asignación que lo llevó a la muerte”. Archivo / AP / Laura Rauch

Por Mario Alegre Barrios / malegre@elnuevodia.com

Cuando el sargento Christopher LeJeune entró al frente de su tropa en el sótano de una vivienda en Bagdad con la orden de revisar los estragos causados por un bombardeo estadounidense contra esa alegada trinchera de terroristas, descubrió no sólo que algunos aún estaban vivos, sino también que varios de ellos no tenían más de cinco o seis años de edad.
El recuerdo de aquellos rostros no lo abandona, ni el de los pequeños zapatos y los juguetes regados por el piso. En ese instante toda la realidad de su vida en Irak le cayó encima con el peso de una lápida y algo en su interior comenzó a desmoronarse lentamente, arrastrándolo hacia lo que un médico del ejército diagnosticó -tras un breve análisis- como depresión o, más precisamente, Síndrome de Estrés Postraumático (PTSD, por sus siglas en inglés).

Desde su llegada a la guerra, la misión fundamental de LeJeune fue la de ser una suerte de señuelo para hacer que los insurgentes iraquíes salieran de sus escondites y dejarlos a merced del fuego estadounidense. Durante siete meses cumplió ese deber con valor ejemplar y una infinita sangre fría, sin el menor rastro de conflictos emocionales... hasta que llegó aquella noche, en aquel sótano, cuando se dio cabalmente cuenta de que no siempre se sabe con certeza quién es el enemigo.

Ingrediente en la dieta diaria

“Uno no siempre sabe con seguridad quiénes son los malos”, dijo recientemente LeJeune en un reportaje de la revista Time. “Cuando tú buscas en la casa de alguien como lo hicimos nosotros esa noche, das por sentado que todos son terroristas. Pero cuando entras y te topas de inmediato con unos zapatitos pequeños y juguetes en el piso, entonces las cosas comienzan a afectarte más de lo que habías imaginado”.
¿El tratamiento que le prescribió el médico? Píldoras antidepresivas y contra la ansiedad cotidianamente... y de vuelta a las calles, con el fusil en las manos.
20,000 soldados medicados

Este testimonio es sólo uno en un mar de historias que tejen la trama de esa otra guerra que se libra en Oriente Medio, esa lucha silenciosa que tiene como campo de batalla el cerebro y la sensibilidad de los miles de soldados que tienen como parte de su dieta cotidiana dosis considerables de píldoras -tanto antidepresivas como para conciliar el sueño- con el afán de mantenerse alertas, estimulados y listos para la batalla.

Según la investigación de esa revista, este tipo de medicación se ha convertido en una norma tanto en Irak como en Afganistán, no sólo para ayudar emocionalmente a las tropas, sino para conservarlas donde son más preciadas para cualquier ejército: en el frente de batalla.

Estadísticas del Equipo Asesor de Salud Mental del Ejército de Estados Unidos señalan que alrededor de un 12% de los soldados en Irak y un 17% de los destacados en Afganistán toman todos los días algún antidepresivo como Prozac o Zoloft, o píldoras para dormir, como Ambien. Esos porcentajes representan alrededor de 20,000 soldados medicados regularmente mientras están en el campo de batalla.

A poco más de un lustro del inicio de esa guerra en la que ya han muerto alrededor de 90,000 iraquíes y más de 4,000 estadounidenses -entre ellos 69 puertorriqueños-, las heridas emocionales entre los sobrevivientes son muy profundas. Las cifras más recientes fijan en casi 170,000 el número de soldados inmersos en el conflicto

Según el Pentágono, si bien es cierto que todos los soldados desplegados experimentan estrés, el 70% de ellos procesan adecuadamente esa presión y regresan a la normalidad. El 20% padece lo que los militares denominan “heridas temporales de estrés” y el 10% restante es diagnosticado con “enfermedad de estrés”, con episodios recurrentes -en su primera etapa- de ansiedad, irritabilidad, insomnio, pesimismo y apatía. Al empeorar la condición, estos síntomas son más prolongados y derivan en pánico, temblores y parálisis temporal.

Frecuentemente el regreso a casa no basta para curar la enfermedad que se convierte entonces en detonante de divorcios, suicidios y crisis mentales severas.
Este cuadro se ha vuelto tan común, que el Pentágono puede considerar en ocasiones que el ya famoso PTSD es una “herida de guerra” que cualifica para otorgar a quien lo padece el Corazón Púrpura, condecoración históricamente reservada sólo para quienes son heridos físicamente en el campo de batalla.

Cuestión de dinero
Según el artículo del Time, el libro Combat Stress Injury -de Charles Figley y William Nash- señala que “no hay una píldora mágica que borre la imagen de un amigo despedazado o que alivie el sentimiento de culpa por haber cambiado ese día con él la asignación que lo llevó a la muerte”. “No obstante -añade- el medicamento alivia algunos síntomas del PTSD y restaura en el personal sus aptitudes funcionales”.
Esto significa -reclama la nota- “que cualquier medicamento que mantenga a un soldado en el frente ahorra dinero en entrenamiento para su remplazo”.

Por otra parte, los detractores de la medicación con esos antidepresivos alegan que ésta pudiera estar vinculada al incremento sostenido en el número de soldados suicidas en Irak y Afganistán desde que la guerra comenzó.
El año pasado se suicidaron 108 soldados, la cifra más alta desde 1990, y casi uno de cada cuatro casos ocurrió en zonas de combate. En 2006 esa cifra fue de 102; en 2005 hubo 85 suicidios y en 2004 fueron 67, según un informe del Pentágono.
El sargento LeJeune -quien estuvo destacado en Irak hasta mayo de 2004, ocho meses después de que se le diagnosticó el PTSD- asegura que los soldados que necesitan ayuda urgentemente para sanar sus “heridas mentales” son muchos más de los que actualmente toman medicamentos, pero que no la buscan porque la aceptación de su enfermedad impediría cualquier ascenso.

Y justamente cuando se ha disparado la cantidad de soldados que toman alguno de los antidepresivos mencionados, un estudio reciente del Instituto de Medicina (IOM) sostiene que hasta ahora “es insuficiente” la evidencia para concluir que estos “restauradores de los niveles de serotonina a sus valores normales” son eficaces en el tratamiento del PTSD.

Hace un año que LeJeune dejó de tomar los medicamentos que el Ejército le prescribió y el recuerdo de aquella noche terrible en Bagdad se ha hecho un tanto difuso, menos recurrente en la vigilia y más ausente en los sueños.
Y dice que sólo ahora ha comenzado a ganar esa guerra devastadora y solitaria con la que la otra guerra -la de Irak- marcó su vida.