Mario Alegre se Despide (sort of)

Mario se despide como editor de la sección de cultura.

Hace unos días mencionamos en el Box que el Día y sus nuevos dueños Chilenos, locos por votar a todos los que puedan antes de la re-estructuración, estaban moviendo a los editores de sus respectivas secciones en plan de que en otras secciones ajenas cometan errores y se sientan humillados. El viejo truco.

Independientemente de las diferencias que Mario y yo tuvimos durante los últimos años, (todas en la arena pública y accesibles en los archivos de esta publicación), no estoy alegre de verlo en esta situación. Lo menos que se merece es nuestro respeto por sus años de dedicación al periódico y a nuestra cultura.

Le deseamos suerte.





02-Marzo-2008 | Mario Alegre Barrios
Ágora

Como escribió León Felipe...

Esto ya lo he escrito antes: vivo obsesionado con la idea de que son muchas las cosas que hacemos a lo largo de la vida sin la conciencia plena de que las estamos haciendo por última vez. Hay en las vidas de todos innumerables últimas veces: infinidad de últimos besos, bastantes últimos abrazos y miles de miradas y palabras que tampoco se repetirán, que sucedieron sin que nos diésemos cuenta en ese instante de que no volverían a ser.

Sin embargo, hoy sé con bastante certeza que ésta es la última vez que escribo en esta sección... al menos como su Editor, con toda lo que significa sentir como propio lo que se ama desde la entraña.

Son casi diecinueve años y no sé si son muchos o son pocos, pero para mí -más allá de lo que representen en el calendario- han sido sin duda los más importantes de esta única vida que tengo, porque no es lo mismo tener 32 que 51, sobre todo cuando, en la misma medida en que la edad aumenta, el tiempo se percibe de una manera paulatinamente distinta, más por las huellas que va imprimiendo en la memoria que por la conciencia misma de su paso, más por las marcas que nos deja en el alma que por las que nos borra, más por lo que se lleva y por lo que trae que por sus promesas.

Justamente el 21 de mayo de 1989 esta Redacción de El Nuevo Día -donde los días están marcados por un frenesí en el que todo se inicia y termina con la misma inexorable precisión con la que el sol llega cada mañana- comenzó a convertirse en mi hogar y en cómplice de mi manera de concebir el mundo a través de un código cifrado en la palabra escrita, en sintonía -para mi fortuna- con lo que algunos años antes comenzaron a anticiparme Verne y Salgari, Gheorghiu y Cronin, Hemingway y Paz.

Ese fervor por el verbo escrito como cimiento de puentes con los demás comenzó a ser también -casi de manera simbiótica- placer y piedra para edificar, de la misma manera que conjuro para restañar las heridas que la vida deja a su paso por el solo hecho de transcurrir.

En ese andar, estas páginas de “papel periódico” que usted tiene en sus manos han sido mi casa, mi hogar letrado, en el que las palabras han viajado de ida y vuelta sin más ambición que hacerse vuestras, de intentar un gesto a quien se encuentre con ellas para convocarlo a este inacabado e inacabable quehacer en el que escribimos y leemos -como decía Octavio Paz, el “Poeta del Sol”- para poblar nuestras soledades con un diálogo silencioso, porque escribir es tender una mano, abrirla, buscar en el viento un amigo capaz de estrecharla. Es un intento de crear una comunidad. Y nada más.

Despedirse de las cosas que se aman nunca es fácil. Decir adiós a esta sección no lo es. No es que me vaya de El Nuevo Día -la sección de Cultura tampoco- pero sí me mudo. No muy lejos, pero me mudo.

Quizá nos sigamos viendo, un poco a la distancia, para continuar siendo mutuamente parte del inicio de nuestros días: usted, con este diario entre sus manos y una taza de café; yo, con la ilusión perpetua del encuentro con su mirada en este espacio para iniciar la aventura de cada día, de la misma manera como ha sido desde hace 19 años.

No es cuestión de ponerse triste... sólo escribía en voz alta. A todos ustedes, gracias... muchas gracias.

Mejor termino... por eso, como escribió Léon Felipe, “ahora, aquí... rompo mi violín... y me callo”.