Billboards por Jeanette Becerra

Becerra le declara la guerra a los banner publicitarios, una pena nunca visitó le expo The DAMS en el Sagrado, la cual investigaba esa misma temática.


Los “billboards” mueren de pie
Por Janette Becerra/ Mirador


Antes, cuando salía de mi urbanización o regresaba a ella, tenía que soportar la espera del semáforo bajo un puente asqueroso. Docenas de afiches y pasquines, algunos de años de antigüedad, se imponían caóticamente, chorreados de hollín, pegamento y excremento de palomas. Para no tener que verlos, miraba hacia la derecha y me dedicaba a contemplar un flamboyán que, muy bonito, se distinguía a cierta distancia entre lomas.

Afortunadamente, desde hace un tiempo el alcalde sanjuanero ha logrado hacer valer, al menos en mis alrededores, la ordenanza municipal que prohibe pasquinar de aquella forma. El puente está pintado y despejado y comparo el alivio visual que he experimentado con el final de una migraña espantosa.

Nunca he querido reclamar el crédito, pero yo secretamente ayudé al alcalde. Como una vigilante clandestina me dediqué por un tiempo a bajarme del carro y arrancar los rótulos que continuaban sembrando, amarrando y pegando los comerciantes inescrupulosos más allá del puente y al menos en las dos o tres calles que anteceden a mi urbanización desapareció la plaga. Era como desyerbar el camino hasta mi casa. A fin de cuentas, la misma libertad que se toman ellos para clavar sus rótulos en propiedad ajena y sin pagar renta, la tengo yo para desclavarlos. Al principio era un quita y pon de película: yo arrancaba y al otro día ellos reponían sus letreritos, pero cada vez menos y con menor frecuencia. Al final gané.

“Tal vez los ‘billboards’ sean muy altos para mis brazos de vigilante, pero quieta, sigilosamente, como David, hoy comienzo a arrancar estos Goliats con mis palabras”
Ahora me enfrento a un reto considerablemente mayor. El flamboyán aquel, tan bonito, me lo quitaron y no precisamente con machete: desapareció tras un billboard gigantesco que ha nacido de la noche a la mañana junto al puente. Más adelante hay otro, y otro, y otro después. De hecho, las semillas de este árbol postmoderno se propagan al parecer con mucha facilidad, en vista de que están proliferando en hilera a ambos lados de las carreteras. Algunos han desarrollado raíces aeróbicas, como las orquídeas, porque también los veo aparecer, tan enormes y chillones, adheridos a las paredes de los edificios citadinos. Así, bombardeados desde tierra y desde aire, los transeúntes son víctimas impotentes de un perpetuo lavado de cerebro que los obliga a manejar embobados, oscilando sus cabezas de derecha a izquierda sin atender su tarea: conducir.

Ha de ser un negocio redondo. Si soy dueña de un terrenito insulso, atestado del polvo y el ruido del expreso y una agencia de publicidad me ofrece una renta de dos o tres mil dólares mensuales por instalar allí un adefesio de cien pies de altura, quizás también me frotaría las manos de gusto. Pero ¿quién me concede el derecho de privar a los demás del disfrute del paisaje? ¿Desde cuándo la titularidad de un terreno, que antes sólo implicaba dominio sobre la superficie y el subsuelo, incluye un derecho irrestricto al espacio aéreo?

Si hay leyes que regulan la contaminación ambiental por ruido y no puedo instalar en ese mismo terrenito diez megabocinas que obliguen a cuantos cohabiten el pueblo a escuchar lo que yo quiera, ¿por qué se me permite imponerles estas gríngolas publicitarias, que no les permitirán ya ver el espléndido horizonte, ése que antes era de todos? ¿Quién privó al arquitecto del derecho moral de autor sobre su creación artística -el edificio- que, humillado, se mutila de arriba a abajo con un colgarejo multicolor? ¿Quién vendió mi mirada, que ahora es propiedad del anunciante? ¿Quién, quién vende todo lo que nos queda de belleza, de naturaleza, de arte?

Tal vez los billboards sean muy altos para mis brazos de vigilante, pero quieta, sigilosamente, como David, hoy comienzo a arrancar estos Goliats con mis palabras.